Noticia

13 de enero de 2011

Ahora es la estación del AVE, antes fueron la autovía de Motril, el centro Lorca, la circunvalación, el metro, el ferial, o el campus de Ciencias de la Salud. Estos son sólo algunos de los ejemplos de esa eterna e improductiva polémica en la que está sumida secularmente Granada, la lista de desencuentros y de polémicas frustrantes e inútiles es infinita. Para cada proyecto, por válido que sea, siempre encontramos obstáculos. Para todas las ideas, por fascinantes que parezcan, tenemos un inconveniente.

Esta manera de hacer las cosas conduce a que toda actividad, si no se paraliza, nos cuesta el doble del esfuerzo que sería normal. Y cuando concluye, aunque sea un éxito, siempre parece poco al haberse conseguido tarde y con quejas.

Desde hace muchos años, tengo la manía de recortar los periódicos y guardar los artículos que me parecen interesantes. Muchos no los vuelvo a ver en mi vida y terminan en el cajón de lo prescindible. Otros los releo alguna vez y unos pocos no dejan de dar vueltas, de la estantería a mi mesa. Las polémicas de los últimos días sobre la estación del Ave me han hecho volver sobre uno de estos últimos, “El destino de Granada” (Ideal, 6-7-2004) de Nicolás María López Calera. En él, el ilustre profesor se lamentaba de que la historia social de Granada fuese “la historia de un debate continuo e inacabado, de permanentes desencuentros de sus lideres políticos y sociales que conducen a la lentitud e inoperancia a la hora de acometer importantes proyectos colectivos”.

Desde luego, no le faltaba razón. Y mientras nosotros perdemos el tiempo, decidiendo si son galgos o podencos, otros, con más sentido común, lo aprovechan para construir su propio futuro. En Andalucía, Málaga o Sevilla; en España, Bilbao, Zaragoza o Barcelona son ciudades en las que acuerdos sobre asuntos fundamentales les han permitido dar importantes pasos adelante en su modernización.

Lo peor de esta lamentable historia es que no afecta únicamente a los dirigentes sociales y políticos, aunque el permanente enfrentamiento sea más visible entre ellos; es un problema de la sociedad granadina en su conjunto, que se ha impregnado de una “filosofía del lamento” que la reduce a la pasividad y a esperarlo todo desde fuera, en vez de proyectar y construir por sí misma. Reconozco que hay notables excepciones, pero no dejan de ser eso, excepciones.

No es posible continuar así. Granada, producto de su brillante historia y de la belleza de sus monumentos, vive aferrada a un paradigma: “Granada se lo merece”, insostenible en el siglo XXI. Tenemos que cambiar de paradigma, pasar del “Granada se lo merece” al “Granada puede”. Esto significa modificar una actitud secular pasiva, por otra nueva más activa y emprendedora. En la anterior crisis finisecular, Joaquín Costa reclamaba para la regeneración de España: “Doble llave al sepulcro del Cid”, expresando la idea de que dejásemos de mirar a nuestro glorioso pasado, a nuestros raídos blasones, para concentrarnos en construir el futuro. Algo parecido debemos reclamar nosotros con el sepulcro de los Reyes Católicos, o con el de Boabdil. Si Granada quiere ocupar un lugar preeminente en España y conseguir mayor bienestar para sus ciudadanos, debemos dar doble llave al sepulcro de los Reyes Católicos, dejar de mirar al pasado y ponernos a trabajar todos en la misma dirección, partiendo de acuerdos sobre lo esencial.

Y son los dirigentes sociales quienes tienen la obligación de capitanear un cambio que, para ser efectivo, ha de impregnar a toda la sociedad granadina. Cambios profundos, que necesitan mucho consenso entre los líderes sociales, porque, vuelvo a Calera, “el interés público, el interés de la gente, debe estar por encima de conflictos … partidistas”.

Ahora, con la llegada del Ave a Granada, surge una nueva polémica, nada distinta de las anteriores. Todo el mundo se ha hartado de decir lo importante que es esa infraestructura para nuestro desarrollo económico. Bien, apoyémosla todos, no le echemos tierra encima. No se intente sacar ventaja partidista sobre si la vía debe ser simple o doble, si va soterrado en la Chana o no, si la estación la hace un arquitecto de renombre u otro menos conocido, si es más grande o más pequeña. Son elementos que pueden, y deben, acordarse en beneficio del bien común. Lo que en política no vale es oponerse sistemáticamente a todo lo que otros han propuesto, no vaya a ser que salga bien y, si no los hemos desgastado suficientemente, obtengan algún reconocimiento que se traduzca en una mínima ventaja electoral. Esa actitud negativa desacredita a quien la practica y obstaculiza el desarrollo de Granada. Creo que, en interés de Granada y de los granadinos, deberiamos terminar con la discordia permanente.

 

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