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17 de febrero de 2011

Hace treinta años (de casi todo hace ya treinta años), el 12 de febrero de 1981, los ponentes reunidos en Carmona para redactar el Estatuto de Autonomía para Andalucía terminaron su trabajo. Eran, unos jóvenes, Ángel López, Miguel Ángel Pino y José Rodríguez de la Borbolla, en representación del PSOE; Carlos Rosado y Pedro Luis Serrera, en nombre de UCD; Javier Pérez Royo, del PCA, y Juan Carlos Aguilar, del PSA. Una foto en blanco y negro de Pablo Juliá, tomada en el patio del Parador Nacional, los fijo de forma indeleble para nuestra memoria colectiva como los padres del Estatuto.

Mirando hoy aquella foto, un retrato psicológico digno de Goya, no puedo dejar de comparar la Andalucía de 1981 con la de 2011. Las transformaciones han sido espectaculares en cualquier parámetro que se mida (sanidad, educación, infraestructuras, calidad de vida, etc.). En un aspecto tengo la impresión de que no estamos mejor que hace treinta años. Ahora no tenemos un proyecto ilusionante que una a todos los andaluces por encima de banderías y partidismos, y su ausencia conlleva el nacimiento de particularismos disgregadores.

En los años 70 y 80, con todas la dificultades inherentes a la salida de la dictadura, los españoles asumimos un objetivo común: modernizar España, ser un país europeo normal. Para ello era necesario instaurar un régimen democrático, integrarnos en Europa, crecer económicamente, reorganizar la administración territorial del Estado y dotar al país de los servicios necesarios en un estado moderno. Los andaluces asumimos, además, los retos de sacar a Andalucía del subdesarrollo y terminar con esa especie de colonialismo interior por el que transitamos el siglo XIX y buena parte del XX. En definitiva, se trataba de recuperar el orgullo y la dignidad de ser andaluces. No ser más que nadie, pero tampoco menos que nadie.

Para conseguir nuestra meta utilizamos una herramienta poderosísima, la autonomía, que consiguió aglutinar tras de sí a pueblos, ciudades y provincias en un esfuerzo común. La inmensa mayoría de los andaluces sintió ese reto como propio. Hoy, más allá de miradas interesadas o partidistas, podemos decir que aquellos objetivos, los de España y los de Andalucía, se han cumplido con éxito.

Ahora, hemos comenzado una nueva etapa, dirigidos por una nueva generación de jóvenes andaluces, que, ya, deberían haber propuesto una nueva meta común. Porque como decía Ortega: “los grupos que integran un Estado viven juntos para algo, son una comunidad de propósitos. No conviven por estar juntos, sino para hacer algo juntos”. De ese objetivo superior común surge la fuerza vertebradora de la comunidad. Su ausencia conduce a la descomposición.

Durante los últimos años están surgiendo voces, en algunas provincias andaluzas, mostrando su incomodidad por el papel que juegan en la Comunidad Autónoma. No deberíamos desdeñarlas, sin más, tachándolas simplemente de localismos. Al contrario, esas opiniones pueden ser el síntoma de una malestar más profundo, que de no solucionarse puede empeorar. Los ataques se dirigen, primero, contra el centralismo sevillano, luego trasladan ese malestar a Andalucía y, por fin, pensarán que están mejor solos. No es una especulación sin fundamento, es el mismo camino que han seguido todos los nacionalismos que en España han sido y son.

Deberíamos preguntarnos cuál es, ahora, el objetivo común de onubenses y almerienses, de cordobeses y gaditanos, que meta común tienen granadinos y jienenses, malagueños y sevillanos. Cuál es el proyecto conjunto al que dirigimos nuestras energías los andaluces del siglo XXI. Cuál es la idea que nos ilusiona colectivamente como sociedad, aquella por la que merece la pena luchar, hacer renuncias e incluso sacrificios.

Andalucía necesita una nueva meta colectiva a la que dirigir sus esfuerzos. Quien piense que este es un problema de los políticos se equivoca. Es la sociedad andaluza, en su conjunto, quien ha de imaginar una nueva meta. Los políticos, después, podrán canalizarla, pero la reflexión y el impulso son previos, sólo pueden partir de la sociedad civil. Profesores, intelectuales, obreros, comerciantes, ong’s, asociaciones profesionales, todos los andaluces, tenemos la obligación de fomentar y participar en el debate.

Hasta ahora, no hemos sabido proponer un nuevo proyecto común ilusionante, en el que todos esten confortables, en el que cada uno tenga su sitio y su papel. Pero urge encontrarlo, para consolidar lo logrado y dar un nuevo impulso a Andalucía.

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